Las franquicias de videojuegos son los megalitos culturales del medio — universos que han sobrevivido a varias generaciones de consolas y se han vuelto tan reconocibles como cualquier personaje de Hollywood. Mario salta desde 1981 a través de decenas de juegos que redefinieron el plataformas, las carreras de karts y los party games. The Legend of Zelda se ha reinventado cada década, del molde 3D de Ocarina of Time a la revolución open-world de Breath of the Wild. No son series — son instituciones culturales.
El panteón es amplio. Pokémon comenzó como dos cartuchos de Game Boy en 1996 y se convirtió en la franquicia de medios más rentable de la historia, por delante de Marvel y Star Wars. Final Fantasy redefinió qué historias podían contar los juegos. Grand Theft Auto V ha vendido más de 200 millones de copias — más que la población de la mayoría de países. Call of Duty domina las listas de ventas anuales. Minecraft, vendido a Microsoft por 2.500 millones de dólares, tiene más de 300 millones de copias vendidas.
Cada franquicia tiene su receta secreta. FromSoftware construyó el género "soulslike" sobre dificultad punitiva y narrativa ambiental. Rockstar perfeccionó la inmersión open-world. Blizzard creó subculturas enteras en torno a Warcraft y Diablo.